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martes, 24 de noviembre de 2015

Cuento Victoriano: Somni Somne (La pequeña Musgo)




La pequeña Musgo no tenía el cabello color plata como sus hermanas, ni la piel blanca como el marfil. Ni siquiera sus colmillos brillaban tanto como los de ellas, ni eran tan largos y afilados. A duras penas y le asomaba de la boca, uno muy pequeño.

Con la llegada del alba las Somni Somnes, regresaban a la Niebla y allí permanecían hasta el nuevo anochecer, todas menos Musgo, que se deslizaba en el interior de la tierra húmeda del pantano bajo un árbol enorme que cubría el cielo.

Su cabello color verde mortecino, pasaba desapercibido entre las plantas que cubrían el lodazal.


Una noche en que sus hermanas partieron en busca de tristezas y lamentos de los que alimentarse, la pequeña ascendió de entre el lodazal y escuchó una melodía lejana que atrapó toda su atención.

Fue caminando bosque a través totalmente extasiada por aquella música, que sin saber por qué, le atraía irremediablemente.

Cuando llegó al final del bosque divisó una bonita casa de tejas negras y descubrió que aquel hermoso sonido, provenía de una de las ventanas abiertas de la planta de arriba.

Trepó entonces por una de las cañerías cercanas a la ventana y asomándose discretamente por ella, sus ojos negros como la noche, contemplaron a un joven niño de rizos oscuros y perfectos, de aspecto lánguido, que no tendría más de nueve años y observó que como ella, tenía la piel pálida y sombras lilaceas bajo los ojos.

Aquella música producía en la pequeña Musgo algo casi hipnótico pues sin darse cuenta y dejándose llevar, puso sus pies descalzos y llenos de barro dentro de la habitación.

De pronto una voz que provenía de la planta de abajo de la casa, interrumpió al pequeño que tocaba concentrado con los ojos cerrados.

-¡Víctor! ¿No me oyes? ¡Deja ya el violín por hoy, por favor!

-¡Si madre!- dijo mientras dejaba el violín sobre la cama.

-¡No! -exclamó en un arrebato Musgo -no pares por favor...

Cuando Musgo se dio cuenta de lo que acababa de hacer, se asustó muchísimo y quiso salir corriendo, pero entonces Víctor girándose hacía la ventana preguntó...

-¿Quien anda ahí?

La pequeña se armó de valor y pasando a través de la ventana, entró de nuevo en la habitación.
Pero el niño, siguió preguntando...

-¿Hay alguien? ¿Quién es?

-No... no... ¿No me ves?- dijo extrañada y con algo de temor Musgo, pues sintió que estaba llegando muy lejos con todo aquello...

-No, no te veo ¿quién eres? ¿Qué haces en mi cuarto?

Musgo ya estaba demasiado cerca del muchacho y se dio cuenta que realmente no la podía ver, entonces se fijó en sus ojos que eran grandes y blancos.

-Lo... lo siento... yo solo vine, por que escuché algo tan hermoso que venía de aquí...

-¿De verdad te parece que toco bien el violín?

-¿El... violín?

-Sí, ¿no sabes lo que es un violín?

-No...

-Vaya, realmente eres una niña muy rara. ¿Vives cerca de aquí?

-Si...

-¡Víctor! ¡Ve metiéndote en la cama, que ya subo!

De nuevo la voz que venía del piso de abajo, les interrumpió...

-Es mi madre, deberías irte, no le parece bien que reciba visitas ni que tenga la ventana abierta, aunque siempre aprovecho mis ratos con el violín para abrirla.

Musgo subió una pierna al alféizar de la ventana y se disponía a marcharse, cuando Víctor le preguntó...

-¿Vendrás otro día? Me gusta saber que… alguien escucha mi música.

Pero Musgo, ya se había marchado. 


Cuando Víctor cumplió doce años, supo que algo ocurría con aquella niña que le visitaba cada noche, pero que jamás crecía.

Abrió la ventana y sujetando su robusto violín, comenzó a tocar.

Se había vestido para la ocasión con un hermoso chaleco gris que dejaba a la vista, la cadena dorada de su reloj de bolsillo y sus rizos oscuros, que caían de forma delicada y perfecta sobre su frente, parecían castaños bajo la luz tenue del único candelabro de la estancia.

Al poco tiempo escuchó aquellos pequeños pasos que le eran tan familiares y mientras en su rostro se dibujaba una gran sonrisa, comenzó a tocar con más intensidad.

Esa noche por motivo de su cumpleaños su madre quiso hacerle una pequeña concesión y le dejó tocar hasta más tarde, esto hizo que la pequeña Musgo no se diera cuenta de lo poco que faltaba para el alba, hasta que el picaporte de la puerta comenzó a girar.

Entonces veloz, salió por la ventana y se escondió dentro del musgo del tejado.

Cuando sus hermanas regresaron de madrugada y vieron preocupadas que no estaba, Melusina la hermana mayor, decidió ir a buscarla aún arriesgo de desaparecer para siempre con los primeros rayos de sol.

Musgo no podía olvidar lo enfadada que estaba su hermana cuando la encontró, ni el peligro que  había corrido por su culpa.

-“Las criaturas eternas no deben ser vistas jamás, es antinatural y peligroso, ningún humano debe saber de nuestra existencia” –repetía entre susurros Melusina a la pequeña.

Sin embargo aún estaban a tiempo de arreglar lo ocurrido. Musgo solo tendría que robar un mal sueño de Víctor y alimentarse por primera vez, de tristezas y lamentos, pues se convertiría así, en una Somni Somne completa y ambos se olvidarían.

-“Pero cuidado”-, le advirtió su hermana mayor, pues solo tendría una única oportunidad. Si algo saliera mal, se quedaría así para siempre.

La pequeña, que había anhelado siempre ser como sus hermanas y vagar con ellas en la noche, sintió por primera vez la punzada de las dudas.

Cuando el muchacho entró en la habitación, sintió aquel olor húmedo y barroso que anunciaba que tenía visita. Se acercó a la cama y se disculpó por no haber estado en su cuarto, desde hacía más de un mes.

Sabía que su amiga estaría esperándole, pues hacía tiempo que se acercaba a la casa aunque no hubiera melodía que la atrajese.

A Musgo le pareció que estaba más delgado y que su rostro reflejaba cansancio. Él se recostó en la cama cerca de ella, que estaba sentada tocando las cuerdas del violín.

-Te compensaré, siento no haber estado esta vez en mi cumpleaños, lo celebraremos como cada año, te lo prometo- dijo el joven mientras cerraba los ojos.

Musgo que concebía el tiempo de una forma distinta, no sabía que Víctor ya había cumplido catorce años hacía unas semanas. Dejó el violín a su lado y se levantó para marcharse, pero él en un hilo de voz le pidió que se quedara, un poco más...

La pequeña se recostó a su lado en la cama. En medio de ellos, su amado y ajado violín.

Víctor dormía cuando ella comenzó a sentir aquel cosquilleo extraño, era como un hormigueo que recorría todo su diminuto cuerpo, contempló como el muchacho se movía y agitaba inquieto.

Entonces lo entendió. Víctor estaba teniendo una pesadilla.

Fue más y más fuerte la necesidad imperiosa de hacerse con ese mal sueño y en ese mismo instante Musgo decidió dar el paso, pues ese era su destino.

Su cuerpo comenzó a resplandecer, su piel pálida y verdosa dio paso a un color blanco como el marfil, su único colmillo se alargó brillante y al otro lado, apareció otro similar. Su cuerpo ahora ligero como una pluma se elevó y sus cabellos se tornaron de un blanco luminoso.

El cambio estaba sucediendo, pero la pequeña abrió los ojos y contempló el rostro de su querido amigo, entonces recordó... "después de esa noche, ambos se olvidarían".

Un sentimiento asfixiante de miedo y nostalgia se fue apoderando de ella, interrumpiendo el proceso y arrebatándole la oportunidad de cambiar.

No se había alimentado y el sueño no fue robado, su cuerpo dejó de ser liviano y etéreo. El peso de la materia la empujó contra el suelo, recuperando su forma y quedándose así, para siempre.

Las Somni Somnes aquella madrugada no esperaron a su hermana, de alguna forma sabían lo  sucedido y aunque respetaban su decisión, volvieron a la niebla tristes y silenciosas.


Los años pasaron veloces, y Víctor, que se había convertido en un hermoso joven de dieciséis años, ese día recibiría la visita de Musgo un poco más tarde que de costumbre.

La pequeña esperó con paciencia a que la tierra no estuviera tan húmeda, había sido un día muy lluvioso y no quería poner la casa de Víctor perdida de barro, como ya había sucedido en más de una ocasión por culpa de sus pies descalzos.

La madre de Víctor comenzaba a estar muy asustada por aquellas pisadas pequeñas y extrañas, que aparecían desde hacía años, en el cuarto de su hijo.

Asomó su cabecita de pelo verde por la ventana, ahí estaba Víctor, acostado en su cama y como siempre cerca de él, su amado violín.

Entró sigilosamente a la habitación, pues Víctor tenía un oído muy fino y las veces que quiso sorprenderle, él siempre se anticipaba y la descubría.

Pero esta vez parecía profundamente dormido. Cuando estuvo cerca de su cara, le tocó con un dedo la mejilla... pero la retiró enseguida, pues estaba muy fría.

"La ventana abierta", pensó... entonces se dirigió a la ventana, para cerrarla.

Musgo no entendía que pasaba, pues estaba haciendo bastante ruido y sin embargo Víctor no se despertaba, ni se movía... se acercó de nuevo a la cama.

-¿Víctor?... - le susurró al oído.

Entonces escuchó unos pasos que venían de la escalera, quiso salir corriendo, pero acababa de cerrar la ventana y ahora no lograba abrirla, no tuvo más remedio que esconderse bajo la cama.

Todo lo que ocurrió a continuación, fueron gritos y desgarro... llantos y lamentos.

Musgo se tapó los oídos, no quería oírlo...

Víctor, se había ido.


Durante años Musgo siguió visitando aquella casa, pues aunque ahora estaba abandonada, la cama y el violín de Víctor seguían ahí.

Le gustaba estirarse en la cama junto al violín, esperando así el alba.

Sus hermanas al verla regresar la rodeaban con cantos antiguos y luces. Pero Musgo se sumergía en su lugar, sin que consiguieran animarla.

Durante cien años Musgo continuó con aquella costumbre, pero un día al intentar entrar en el cuarto de Víctor se encontró con cosas movidas de lugar y muchas cajas por toda la estancia.

Entró en la habitación con cautela, pues escuchaba voces que venían de la planta de abajo.

En ese momento la puerta se abrió de un golpe brusco y Musgo se quedó inmóvil del susto.

Ante ella, había una niña de coletas rubias y rodillas regordetas. Parecía pequeña, de unos cuatro años. La niña de pecosas mejillas y sonrisa mellada, dejo caer al suelo la cajita que llevaba en las manos llena de juguetes y la miró desafiante...

-¿Tú quién eres? Este es mi cuarto, ¿sabías?

Entonces los ojos de la niña se desviaron y miraron con entusiasmo el violín que había sobre la cama.

La niña se acercó a la cama para cogerlo pero en un inesperado arranque, Musgo se adelantó y lo cogió.

-Oh... ¿es tuyo?

Musgo no supo que decir...

-Es muy bonito- dijo la niña sin apartar los ojos de él.

Musgo entonces miró el violín con cariño...

-Está un poco roto y es muy viejo... pero sí... es muy bonito. Toma, para ti.

La niña lo tomó con ilusión y se quedó abrazándolo mientras Musgo salía por la ventana,
despidiéndose para siempre, de aquella casa. 

Desde el encuentro con aquella niña Musgo no había emergido del lodazal, sus hermanas vagaban por el pantano preocupadas, llamándola sin cesar.

Hasta que una noche, una melodía envolvió el bosque...

Melusina contempló aliviada como su hermana ascendiendo a la superficie, se alejaba del gran árbol encaminándose bosque a través.

Musgo sabía que no podía ser... pero aquella música, se parecía tanto...

Siguiendo de nuevo aquel sendero que tan bien conocía, apareció ante ella su amada casa de tejas negras.

Trepó hasta la ventana del cuarto que había sido de Víctor y mirando en el interior, vio que ya no estaba el papel marrón de flores sepias que envolvían las paredes de la habitación, ni el escritorio antiguo, ni aquel reloj de péndulo enorme...

Ahora los colores vibrantes saltaban de las paredes que estaban cubiertas de imágenes de personas vestidas de negro, con correas y metales, en el cuello y las orejas.

Sobre la cama que ahora estaba cubierta de sabanas de un azul intenso, había sentada una joven de cabello morado, corto y puntiagudo, que tocaba con maestría el violín de Víctor.

El violín tenía aspecto de haber sido cuidado, pues parecía rejuvenecido.

Tan impactada estaba la pequeña ante todo lo que estaba contemplando, que olvidó que no debía asomarse tanto.

La música cesó de repente:

-¡Oh dios mío!- gritó aquella chica mirando hacía la ventana.

Musgo dio un brinco al verse descubierta y quiso salir corriendo, pero entonces la muchacha dijo...

-¡Sabía que no lo había soñado! ¡Lo sabía! ¡Sabía que existías!

Musgo se quedó congelada...

-Dios mío, llevo esperando este momento, ¡desde que era niña!

-Lo siento... yo solo vine, por que escuché... -titubeó Musgo...

-¿Que… Que eres? ¿Un... fantasma?

Musgo no supo que responder.

-¡Marie! Tienes la cena desde hace media hora esperándote, ¡quieres bajar ya!

Musgo estaba saliendo por la ventana…

-¡Eh! -le susurró Marie- ¿Vendrás otro día?

Pero Musgo, ya se había marchado.


Marie continuó tocando el violín y Musgo, siguió sin poder resistirse a ir a verla... y cuando los dedos de Marie se hicieron ancianos y ya no pudieron tocar más, pasaban largas horas en la noche sentadas y hablando en susurros con la puerta cerrada.

Mientras hablaban Marie tejía calcetines, para que su nuera no acabara descubriendo, a causa de las pisadas de barro, que los cuentos que contaba la abuela a sus nietos, sobre una criatura pequeña de un solo colmillo, pálida y ojerosa, que habitaba en la noche y que tenía cabellos largos y verdes como el musgo y ojos totalmente negros como el carbón, existía de verdad. 

Y un día Marie, también se marchó. Pero Musgo que había comenzado a visitar cada noche la tumba de Víctor y ahora también la de Marie, no se entristeció.

Pues ahora comprendía que el amor que habita en el interior de la verdadera amistad, era incluso más eterno que ella misma.


...y siempre habría, en algún lugar, una nueva oportunidad de amar.


                                                   
                                                                   -Fin-





miércoles, 22 de octubre de 2014

Relato: El Hada del Tejado




Sentada en el tejado notó como un peso gigante se apoderaba de su pecho 
y una fuerza sombría le apretaba el corazón. 

En ese instante exhaló un suspiro y se le escapó la ilusión. 

Desesperada y algo aturdida dio dos toques al aire con su varita 
pero de nada le sirvió, pues por todos es sabido, 
que no hay magia sin ilusión.

Bajando con dificultad volvió al mundo humano y el gris la atrapó. 
Todos los días eran iguales y nunca más hada, se sintió. 

La luna se olvidó de sus cuentos y los gatos en la noche se perdieron. 
Ella con su voz les llamó, pero más y más lejos se fueron. 

Cansada se resignó a ser lo que los humanos esperaban, 
hasta que una noche desvelada, 
una voz lejana le susurró: 

"Recuerda pequeña, recuerda, 
¿Donde está la llave de tu ilusión? 
No está afuera sino adentro, 
está en tu corazón". 

Al día siguiente al despertar trenzó sus rizos para empezar, 
faldita de tul y destellos, cuando sus pies tocaron el suelo.

Su varita comenzó a brillar 
y sus sueños se prendieron como luces en el cielo.

Sentada de nuevo en su tejado, 
volvió a narrar pequeños cuentos inventados, 
la luna se asomó y los gatitos se acercaron.

Y aunque llovía y se mojaba, ya nada le importaba
 pues sabía que un nuevo comienzo, la esperaba. 



                                                                    -FIN-


Gracias a la maravillosa Ilustradora Marta Sarmiento por hacer realidad mi "hadita del tejado".


Recibir la ilustración original fue una experiencia emocionante e inolvidable. Ahora la tengo enmarcada en mi salón.

Marta, gracias por tus maravillosas palabras y por los cabeceros hermosos que has realizado tanto para este blog, como para las demás plataformas. Pero sobre todo, gracias por ser la pieza esencial que hizo brillar de nuevo mi varita. 

Si alguna vez pusiera en duda la existencia de las Hadas, solo tendría que entrar en su mundo para volver a creer en ellas:







martes, 11 de diciembre de 2012

Cuento Infantil: Maribel, hada madrina despistada




En el tiempo en el que la magia, solo existía en las varitas mágicas de las hadas madrinas, vivía un hada poco común, no era seria y estirada como el resto de sus compañeras y pasaba horas inmersa en su propio mundo interior.

Estas peculiaridades, resultaban algo molestas para el resto de sus compañeras, ya que a menudo la acusaban de no tomarse en serio la magia e incluso dudaban, de sus cualidades como hada madrina.

Como si todo esto no fuera suficiente, el Hada Madrina Maribel tenia un defecto, que la convertía en blanco de burlas, y es que era, terriblemente despistada.

Tal era su despiste, que cada día estrenaba varita mágica, ya que había perdido la anterior, en no se sabe que punto del planeta.

Cuando la divertida y atolondrada hadita, había perdido su varita numero 1.000, Mirtha, la jefa del consejo de las hadas Madrinas, decidió no darle mas varitas mágicas, pese a que estaban faltos de personal y la tierra cada vez, estaba mas necesitada de magia.

El Hada Maribel sentadita en su tejado, pensó entristecida que ya no podría cumplir los deseos de los niños, ni un montón de cosas que ella amaba hacer y es que ella, había intentado no perder sus varitas, pero aun así, las perdía.


Pero un día, algo diferente, comenzó a nacer... cada día llegaban misivas informando, de avistamientos de arco iris en lugares lúgubres y tristes, estrellas fugaces cumpliendo deseos de niños soñadores, elfos, ninfas y duendes, ocupándose de proteger ríos, bosques y montañas... incluso algunos humanos, comenzaron a desarrollar dones extraordinarios.

Definitivamente, algo estaba ocurriendo, el mundo entero estaba dando señales de magia, ¿como era posible? solo las varitas mágicas, de las hadas madrinas, tenían ese poder... entonces... ¡entendieron!

Maribel, al ir perdiendo sus varitas, fue sembrando, sin saberlo, el mundo de magia.

Cuando el consejo se enteró de esto, le dieron una nueva varita mágica y decidieron dejarla ser, tal y como era, si perdía alguna varita... pues esta, se convertiría en magia, de la que estaba tan necesitada el mundo.

Y así fue, como el Hada madrina Maribel, pese a ser una hadita despistada, volvió a ejercer el trabajo que tanto amaba.

Si alguna vez, cae repentinamente una varita sobre tu cabeza, recuerda que en ocasiones, tu mayor defecto, puede ser...

Tu gran virtud.

-FIN-

Gracias por estar ahí y hacerme tan feliz :)


martes, 3 de enero de 2012

Cuento: El hombre del mercedes rojo



Lo que os voy a narrar a continuación no es un cuento inventado, es algo que viví...

-EL HOMBRE DEL MERCEDES ROJO-

Hace unos años, cuando todavía estaba estudiando, me ofrecieron un trabajo a través de mi madre, en una residencia de ancianos. No era una residencia común, las personas que vivían allí eran adineradas: antiguas cantantes de opera, curas jubilados con cierto estatus social, personas que habían poseído negocios importantes...

Entre ellos, conocí a un cura muy pintoresco, pues me explicaba que se alegraba de su estrabismo por que esto le permitía verme repetida dos veces: "Veig dos Lluçias!" me decía en catalán.

También vivía allí una mujer de pelo cano y rizado, que siempre lloraba como una niña, hasta que te acercabas a darle la mano y entonces te obsequiaba, con la sonrisa desdentada más hermosa que vi en mi vida.

Una antigua locutora de radio, alta y delgadísima con una melena cortita, gris y lisa y unas gafas de pasta negra muy gruesas, que siempre paseaba por los pasillos gritando improperios a diestro y siniestro, un señor andaluz, que me saludaba siempre haciendo palmas por que al hacerlo, yo daba un saltito y movía las manos como si bailara sevillanas y eso le hacía reír muchísimo.

Un hombre que había estado en el campo de concentración de Mauthausen, al que le faltaban dos dedos de una mano y siempre te contaba todo lo que él vivió allí, pero era un hombre que te explicaba su vida, desde el amor y desde la paz de aceptar y entender, que le tocó vivir algo cruel, pero que tuvo la gran suerte de sobrevivir y poder contar después su historia, para que no se repitiera nunca más.

Un señor que había sido dueño de una fabrica de sombreros, que tenia atemorizadas a las enfermeras por su mal genio, era muy alto y grande y empujar su silla de ruedas por las calles de Barcelona, mientras me proponía matrimonio y fugarnos en ese mismo instante, fue para mi toda una odisea.

Con este hombre, me pasaron mil y una aventuras, ya que un día por ejemplo, apareció su hija con un paquetito de regalo, era una pulserita de plata preciosa, yo no entendía nada... pero su hija me comentó que al llevarse a su padre de fin de semana, en uno de sus paseos, su marido, le regaló una pulsera a ella y su padre al ver esto, le exigió que inmediatamente me comprara una para mí, la de la mujer era de diamantes y como era lógico no me iba a comprar una igual, así que para que su padre parara de armarle escándalo, me acabó comprando una para mí, mucho menos costosa.

Yo no entendía por que si la residencia estaba llena de enfermeras, recepcionistas, camareras.. siempre se me declaraba a mí, pero un día, me contó, que era la única que no iba con uniforme y eso, le daba confianza...

Ahora si, llegó el momento de hablaros, de la verdadera protagonista de esta historia, pero antes, no me hubiera perdonado jamás, no mencionar al ramillete de personas encantadoras que os nombré. Personas, que siempre me acompañarán...

                                                 

En una de las múltiples y variadas salas, reinaba en el único sillón azul de la residencia, la mujer más anciana del lugar. Su porte elegante, hacía disimular los 103 años que tenía, sí, habéis entendido bien, tenía 103 años.

Coqueta, caprichosa, malhumorada y clasista, se había ganado el sobrenombre de "La Channing" (como la malvada de la telenovela "Falcon Crest").

Las enfermeras auxiliares, temían la hora de su baño, ya que las gritaba llamándolas plebeyas y les decía que las iba a denunciar a todas, por ser tan osadas de tocarla estando desnuda...

"La Chaning" tenía un único familiar, una sobrina nieta que la visitaba en escasas ocasiones ya que viajaba mucho por su trabajo y tenía que ocuparse también, de su propia familia. Sin embargo, siempre estaba al corriente de todo lo que le sucedía y no deparaba en gastos, para que a su tía, no le faltase de nada.

La mujer tenía a una de las enfermeras encargada de hacerle compañía todas las tardes, se sentaba a su lado, le leía el periódico y le daba conversación, ya que ella no quería participar nunca, en las actividades programadas para diversión de los residentes, supongo en parte, por que la mitad de su cuerpo se había quedado inmóvil muchos años atrás, a causa de una embolia y solo conservaba visión en uno de sus dos ojos, con el que tan solo veía algo borroso.

Me preguntaron si podría dedicarme todas las tardes exclusivamente a ella, ya que a la enfermera le estaba siendo imposible, por que se debía también, al resto de los ancianos. Me pareció bien, yo la había visto alguna vez gritando y me temía lo peor, pero acepté.

Entré en la sala despacio, la enfermera le hablaba y ella sentada en su sillón azul asentía de mala gana.

Cuando me acerqué la enfermera le dijo: -"Mire esta chica tan jovencita estará con usted a partir de ahora todas las tardes, es que yo no puedo tengo que seguir trabajando, ¿entiende?"

A lo que ella contestó: -"¡Claro que entiendo! ¿Crees que soy tonta? ¡Será estúpida la mujer esta!"

La enfermera sonrió y le dio un beso pese a los movimientos que hacía de desaprobación con la mano y el pie que aun conservaban movilidad.

-¡Ay que gruñona! ¡ayy!- decía la enfermera mientras le seguía dando besos.

A mi me sabia mal que le estuviera obligando a aceptar besos, era evidente que la Señora no tenía ganas de recibirlos y sentí que tampoco le gustaba que la tratasen como una niña pequeña gruñona, que no se enteraba de nada.

-Bueno, me marcho y le dejo con la chica...

-¿Como se llama?- le dijo la Señora en un susurro.

-Lucía, se llama Lucía, ¿verdad?- dijo mirándome...

Yo, asentí con la cabeza y ella se levantó de la silla.

-Bueno guapa, ahí te dejo con ella... paciencia sobre todo, es una mujer muy mayor, ya te dijeron la edad que tiene, ¿verdad? por eso no le hagas mucho caso si te insulta o lo que sea... yo creo que le has caído bien, cuando has entrado por la puerta me ha dicho "que elegante viene, ¿no?"

-¿Elegante?- le dije extrañada.. solo iba vestida con una camisa blanca y unos pantalones negros.

-jajajaja- rió la enfermera- es que ella solo ve a gente vestida como nosotras, pues claro, a ti te verá tan jovencita y así vestida...

-Creí que no veía...- le dije sorprendida.

-Solo ve a través del ojo derecho y muy poquito, pero a veces supongo que tiene mejor visibilidad por que a menudo me comenta cosas, que yo no hubiera imaginado que vería.

-ah... ¿esta es su silla de ruedas?- le pregunté.

-Si, es esa, colgado tiene su bolso, dentro solo lleva un pequeño espejo, un pintalabios rojo, un perfume y un cepillo, ella necesita que el bolso siempre esté cerca aunque no lleve nada de valor dentro. Se pone muy nerviosa si lo pide y no se lo das de inmediato. Bueno guapa, eso es todo, cualquier cosa, para cambiarle el pañal y todo eso... llama a las enfermeras, ¿entendido?

-Aha...-volví a asentir con la cabeza.

Al fin nos habíamos quedado solas... en la sala donde ella solía estar, casi nunca había ancianos, era una sala muy soleada, pequeña y poco concurrida.

Yo no sabía muy bien que decir, ni que hacer... me senté en una silla cerca de ella y le pregunté si le apetecía que le leyera el periódico o si le apetecía un zumo o alguna cosa, ella muy sería me dijo que no con la cabeza.

-Esta sala es muy bonita...-dije intentando romper el hielo...

-Si lo es, si...

-Pero... un poco solitaria... ¿no cree usted?

-No, me gusta así, no me gusta que las viejas que viven aquí estén conmigo, me miran de arriba abajo y siempre están diciendo tonterías de viejas chochas.

-Ah.. entiendo... -dije aguantándome la risa.

-Soy hija de un militar de Francia muy importante y mi madre era una mujer muy bien situada de Madrid. No es normal, que me mezcle con esa gentuza.

Mientras me explicaba un poco su vida, vi que me hablaba como si estuviéramos en una novela ambientada en los años 30, a veces se le escapaban expresiones más actuales, pero siempre hablaba así y decidí hacer yo lo mismo... así que cada vez nos hablábamos con más respeto y rimbombancia, la una a la otra.

En una ocasión me dijo...

-Me gusta como hablas, pareces bien educada... no como la lesbiana aquella...

-Perdone mi señora, ¿como quién?

-Si, como la que nos presentó... ¿no viste los besos que me daba? era muy tocona...

Ahí mismo casi me desparramo de la risa... pero claro, debía mantener la compostura.

Los días pasaron y la rutina diaria siempre era la misma:

Yo llegaba a las 16.00 en punto (ella muy avispada, preguntaba a las enfermeras la hora, antes de que yo llegara) y cuando entraba en la sala me decía:

-Muy bien querida, veo que hoy has sido puntual, continua así.

Después yo le acercaba el bolso en cuanto ella me lo pedía, sacábamos el cepillo y ella se peinaba sola con la mano buena, pobre de mí si le insinuaba que le cepillaba yo el pelo...

-¡NO SOY UNA INÚTIL!- decía muy enfadada.

-Tiene razón, disculpe mi atrevimiento- le respondía yo... y entonces me sonreía... pocas veces lo hacía, así que era todo un logro.

Ella se peinaba perfectamente sin verse, tenía el pelo con una melenita color caoba preciosa, después me pedía que sacara del bolso su pinta labios rojo y eso si me dejaba pasárselo por los labios, con mucha delicadeza se los pintaba y a ella le encantaba hacer ese gesto de juntar los labios para sellar el color. Los ojillos se le iluminaban y después el toque final, sacaba el perfume de su bolsito y le rociaba con él mientras ella levantaba la cabeza hacía arriba.

-¡Esta usted como una princesa!- le decía- y su cara en ese momento resplandecía de felicidad.

Después yo llamaba a dos enfermeras, que la sentaban en la silla de ruedas y salíamos al pasillo...

-¿Lo ves, lo ves?- me decía- ¿ves como todas me miran?... no lo soporto...

En verdad, las ancianas estaban sentadas en unos banquitos que habían en el pasillo, a cada lado de donde estábamos y la gran mayoría estaban durmiendo... pero supongo, que como veía un poco borroso, pensaba que la miraban a ella.

Mi primer impulso fue decirle que no la estaban mirando, que estaban durmiendo, que estuviera tranquila... pero ya llevaba un tiempo con ella y se me ocurrió, por suerte, lo mejor que le podría haber dicho...

-Mi querida señora, la miran por que los hombres la desean y las mujeres la envidian- y dije esto con un poco de miedo, nunca se sabía... pero entonces sucedió algo mágico... se giró hacía mí como pudo en la silla de ruedas y me dijo- ¡ven! ¡ven que te dé un beso! ¡ay, ay! ¡que buena criada eres!- y me plantó un beso enorme en la mejilla, marcandomela de pinta labios rojo, bajo la mirada atónita de las enfermeras y la recepcionista, que al pasar por su lado antes de salir a la calle, me dijo:

-Ya me dirás que has hecho, ¡para que la Chaning te dé un beso!

Salimos a la calle como cada día, pero ella iba mas feliz que de costumbre, pasamos por un semáforo en verde camino al parque que hay cerca de Sagrada Familia, siempre íbamos a ese por que es el que esta mas cerca de la residencia, es una zona con mucho trafico y los coches pitaban...

-¡¿Es a mí?!- gritó la Señora...

Yo no sabía muy bien a que se refería, pero volvieron a pitar los coches...

-¡¡¿Es a mí?!!- volvió a gritar...

-mmm ¡Si, es a usted!- dije esperando ver que me decía... para saber yo, por donde continuar...

-¡Ayy! ¡no puede ser! ¡es él!- me dijo entusiasmada...

-¿Él?- le pregunté...

-¡Si! ¡Siii, el Señor del Mercedes Rojo! ¿No lo ves??

Dudé unos instantes.. ¿que debía hacer?... y entonces dije... -¡Siii lo veo!!

-¡¿Por que me estará pitando?!!

-Por que usted, hoy, esta especialmente bella, mi querida señora...

-¡¿De verdad?! ¿Tu crees??!! ay mira que hacía tiempo que no lo veía, pensé que ya no me quería seguir pretendiendo...

-Pues, ¡ya ve que si! ¡y es muy apuesto!

-Si, ¿verdad? bueno, bueno... continuemos hacía el parque a ver que hace... ¡No le mires! ¿eh? que se crea que no lo hemos visto.

-Como usted mande...

Y seguimos paseando hasta el parque, entre risas y cuchicheos de si estaba el señor del mercedes rojo, dando vueltas por el parque todo el tiempo, que si esos pitidos eran él...

-Valgame dios, ¡que insistente!- decía la Señora.

-Es que se le ve muy interesado en usted.

-¿Como tengo el pelo?

-Delicioso...

-¡Ayyy dios mio! Quiero que sepas, que cuando me case con él, te voy a conservar como criada, una no encuentra una criada así de buena, todos los días. Tu te casas con tu novio y le dices que deje de ser marinero y os venís a mi mansión, él como jardinero y tu a cuidarme... ¿que te parece?

En ese momento, no entendía nada... mi novio, ¿marinero? y recordé que una vez me preguntó si tenía novio, le dije que si... y me preguntó que donde estaba, en ese momento mi pareja estaba en Mallorca trabajando, pero era un viaje solo de una semana, pero ella dedujo que era marinero...

-Para mi será un placer y un honor acompañarle.

En ese momento, comenzó la aventura del Señor del Mercedes Rojo, cada día nos inventábamos algo nuevo de él...

-Es viudo y tiene dos hijos ya mayores y casados...

-No se decide a pedirle matrimonio por que los hijos se oponen a que se vuelva a casar... ¡tienen ustedes un romance clandestino! ¡¡Que emocionante!!

-Ay querida, pintame hoy muy bien los labios, para que se derrita al verme...

-Señora mía... no mire, no mire, pero nos esta siguiendo...

-¡Oh querida! ¡disimule, disimule!

A la hora de la cena yo la llevaba hasta el comedor, le servían siempre un puré, en ese momento ella se tenía que sacar la dentadura postiza, que insistía en hacerlo ella sola y la guardaba en una servilleta. Después ella solita cogía la cuchara y comía. Con su mano buena hacía siempre todo lo que podía y se irritaba muchísimo, si le intentabas hacer las cosas de otra forma.

Yo siempre esperaba a que se comiera su yogur de coco, que es el que siempre escogía. Después le daba un beso y me marchaba a casa.

Un día, de camino a la residencia, me crucé con la enfermera que antes le hacía compañía y le comenté lo del Señor del Mercedes Rojo y ella me dijo:

-¿A ti también te viene, con esa tontería? yo le decía: ¡que no mujer! ¡que esos son pitidos del trafico!! Creo que es bueno, intentar mantener en la realidad lo máximo posible, a las personas mayores, ¿no te parece?

No supe que responder... y unos remordimientos terribles me comenzaron a rondar... ¿quizá yo estaba ayudando a que se le fuera la cabeza? ¿a que viviera en un mundo irreal? Y si eso, ¿no era bueno para ella?

Ese día decidí, no fomentar la fantasía del Señor del Mercedes Rojo.

Ella no decía nada al respecto, pero la veía mas seria de lo normal, estaba decaída, triste... solo tenía ganas de dormir y así fue, se pasó toda la tarde durmiendo, cuando llegó la hora de cenar y vinieron las enfermeras a pasarla del sillón azul, a la silla de ruedas, le dijeron:

-¿Que pasó hoy?, ¿toda la tarde durmiendo?, ¿no ha querido salir a ver al señor del mercedes?-y dirigiéndose a mi- no sabes lo entusiasmada que esta con su pretendiente, hoy bañándola, ni nos ha gritado.

-No, hoy no ha pasado por aquí... -dijo apenada la Señora.

Sentí tanta pena, que decidí en ese mismo instante retomar la fantasía y pensé que era mejor verla feliz creyendo en una fantasía, que triste y durmiendo toda la tarde. Me daba igual lo que me hubiera dicho la otra enfermera.

Así que de camino al comedor, le dije que el señor del Mercedes Rojo había pasado, mientras ella dormía, dando vueltas por la residencia, que lo había visto a través de la ventana de la sala, pero que me sabía mal despertarla y por eso no le había dicho nada.

Ella entonces me regañó, por que yo debía haberla avisado y yo me disculpé... pero después cenó muy animada, planeando lo que haríamos al día siguiente.

El 23 de Abril, día de Sant Jordi, hay la costumbre en Cataluña de que los hombres le regalen una rosa roja a sus enamoradas... yo le había comprado una muy bonita, por que me apetecía tener un detalle especial con ella, pero llegando a la sala, por el pasillo, pensé que le haría mas ilusión si le decía que era del Señor del Mercedes... y así fue... aun recuerdo sus gritos de alegría y como me pidió que deprisa cortara la rosa y se la pusiera con un imperdible en la chaqueta que llevaba puesta, para que él viera cuando saliéramos que le había gustado.

-¡Como huele! ¡Como huele!- estaba tan feliz...

Semanas mas tarde, saliendo de la residencia para nuestro paseo, se percató que en la entrada detrás de un cristal, habían muchas flores rojas... (siempre habían estado ahí, eran de plástico y adornaban la entrada).

-¡OH QUERIDA! ¡mira todas esas flores!

-¡Que preciosas!

-¿Las habrá dejado él?

-¡Claro que si!

(Ella que de tonta no tenía ni un pelo, me ponía cada día más difícil la fantasía, preguntándome cosas cada vez más complicadas...)

-¿Y por que me las ha dejado en la entrada y no en mi habitación? -me dijo algo disgustada..

-Por que él quería que todo el mundo las viera, para que todos se enteren de lo mucho que la ama y para que se mueran de envidia las otras mujeres.

-¡Ayyy!!! ¡Que gran hombre!! ¿Verdad?

-¡Mucho señora!...-Y yo respiraba aliviada...

Los días de invierno llegaron y no podíamos salir, por que hacía demasiado frío, así que dábamos largos paseos dentro de la residencia...

-¡Vamos a ver las flores que me ha dejado hoy!- decía animada la señora... y nos acercábamos a donde estaban las flores de plástico de la entrada.

El tiempo fue transcurriendo... y sin darme cuenta, había pasado un año entero junto a ella, cumplió entonces 104 años y las cosas comenzaron a cambiar... se sentía muy cansada, débil y somnolienta, daba mucha tristeza contemplar como se iba apagando... así que ya no me iba cuando acababa de cenar, me quedaba un poquito más y subía con ella y la enfermera a su habitación, para darle las buenas noches.

-El señor del Mercedes... no se quiere casar conmigo, ¿verdad?- me dijo de repente un día en la habitación...

-¿Como que no? claro que quiere... ¿por que dice eso?

-Por que nunca entra en la residencia... y nunca me pide matrimonio.

-Bueno... por que hace poco que enviudó y usted sabe como es la gente... quiere evitar habladurías.

Esta respuesta la dejó conforme, pero ya no se mostraba tan ilusionada como antes...

El 30 de diciembre subí con ella a la habitación, mientras le explicaba que al día siguiente no podría venir, por que me marchaba con la familia a celebrar la noche vieja.

Cuando ya estaba metida en la cama, le seguí explicando que el 2 de enero vendría a verla, saldríamos a pasear y veríamos al Señor del Mercedes Rojo, al nombrarlo... ella me interrumpió:

-ay Lucía... no digas tonterías...-mientras con una leve sonrisa me tocaba la mano.

En ese momento me quedé atónita... ¿acaso ella sabía que todo había sido una fantasía? ¿Un juego entre nosotras?

Cerró los ojos y se durmió, yo me quedé allí quieta junto a ella, por que algo dentro de mi sabía... que no la volvería a ver.

El 31 de diciembre, un poco antes de las doce, falleció, me lo comunicó su sobrina al día siguiente.

Estuve semanas llorando... todo el mundo me decía que no llorase, que era normal... "¡Tenía 104 años!" pero yo solo sentía que había perdido a una amiga.

Una noche soñé, que caminaba por la residencia hasta llegar a su habitación y ella estaba tumbada en su cama, al verme se acomodó hasta quedar sentada y entonces mirándome muy seria me dijo:

-¡Quieres dejar de llorar!- ese día me desperté sobresaltada... había sido tan real... así que con una sonrisa, por primera vez en muchos días, le dije mentalmente... que sí, que la dejaba ir... que ya no lloraría más.

Meses después, ya recuperada, volví a la residencia y al pasar por el largo pasillo, no pude evitar desviar la mirada hacía la sala... donde seguía estando, ahora vacío... el único sillón azul de la residencia.

                                                           -FIN-


En memoria de la Señora Alonso, que me enseñó a ver al hombre del mercedes rojo y comprender, que la edad, solo existe en el corazón.



jueves, 14 de abril de 2011

Cuento: La Fuerza de Narayani (Primera Parte)





NARAYANI

Narayani creció y vivió rodeada de hermanos, en un pequeño pueblo a las afueras de Azamgarth, en el norte de la India.

Su familia bastante humilde, tenía como único sustento importante, lo que ganaban de trabajar en el campo, función que solo desempeñaban los varones del hogar, ya que la mamá de Narayani y ella, debían quedarse en casa para limpiar, cocinar y coser con algunos retales de tela unos bolsos, que se intentarían después vender en el mercado de la ciudad, a los turistas.

Narayani desde pequeña había desarrollado una fuerza inusual, en una mujer y bastante poca delicadeza, se le rompían las cosas en las manos con bastante frecuencia, daba empujones a sus hermanos cuando peleaban, que los dejaba exhaustos y no se le daban bien las tareas del hogar.

Su madre, entonces entendió, que debía esmerarse más en convertir a Narayani en una delicada mujer, porque si no, no podrían encontrarle marido y eso sería una desgracia terrible.

Narayani, miraba con frecuencia desde la puerta, como se alejaban sus hermanos y su padre hacia el campo y los miraba con envidia, luego recordaba sus tareas y una piedra enorme se instalaba en su pecho.

A los 15 años Narayani, ya tenía atemorizados a todos los muchachos de los alrededores y alguno con algún hueso roto si había intentado tocarle, ella no soportaba que los hombres que le parecían tan brutos y sucios, se le acercaran creyendo, que por ser una chica, tenían algún derecho y peor aún, cuando en la ciudad después de intentar vender sus bolsos, algún señorito se le acercaba creyendo que por ser pobre, tenía algún derecho a abusar de ella.

Pasaron los meses y una epidemia terrible sacudió el pequeño pueblo de Narayani, muriendo dos de sus hermanos y enfermando los otros tres.

Su padre llegaba a casa agotado, por la falta de ayuda y no tenían dinero suficiente para contratar a nadie que los ayudara, la madre de Narayani se pasaba el día atendiendo a sus hijos enfermos y llorando por la pérdida de los otros.

Lo único que se les ocurrió, fue casar a Narayani con un hombre que se hiciera cargo, después, de las tareas del campo, aunque no tuviera dote que aportar.

No buscaban dinero, encontrar un marido rico era complicado, siendo tan pobres y su hija tan poco delicada. Así que decidieron buscar un marido entre los vecinos, que tanto odiaba Narayani. Si estaban dispuestos a trabajar y a ofrecer su fuerza, era suficiente.

Al recibir Narayani la noticia, su corazón ya lastimado por todo lo sucedido, se acabó de romper en mil pedazos.

El padre fue visitando casa, por casa a sus vecinos, preguntando quien querría aceptar a su hija en matrimonio a cambio de trabajar en el campo, las familias lo recibían con cortesía y educación pero pronto le explicaban las innumerables "maldades" que según ellos, había hecho Narayani al muchacho de turno, todos la repudiaban y no pensaban tener a una mujer que parecía un macho con ellos.

El padre agotado, al anochecer llegó a casa y al cerrar la puerta se encontró con unos ojos ansiosos clavados en él:

-No hay manera, ninguno se quiere casar contigo -Narayani entonces se tapó la boca, conteniendo la emoción, para no gritar de felicidad.

-Que decepción hija mía, ni para ser mujer sirves... si al menos hubieras nacido hombre, podrías ayudarme...

Estas duras palabras de su padre, golpearon en el alma a Narayani que pasó la noche llorando, ella, que no solía llorar nunca.

A la mañana siguiente, cuando empezaba a despuntar el sol, su padre partía hacia el campo y Narayani se vistió deprisa con las ropas de uno de sus hermanos y salió detrás de él.

-¡Padre! ¡Padre! ¡Espere!

-¿Qué haces así vestida? ¿No querrás venir conmigo? ¡qué dirá la gente!

-Padre, por favor, nadie va a pensar mal, saben que tenemos hermanos enfermos, que las medicinas cuestan dinero, al contrario lo verán como algo bueno, padre sabes que soy muy fuerte, por favor, déjame que te ayude, solo un día, prometido ¡solo un día!

El padre miró los ojos decididos de su hija y entendió que aunque se negara, ella insistiría y pensó... está bien solo un día.

Narayani resultó ser una experta en el campo, fuerte, persistente, tenaz, jamás se agotaba y su padre no podía creer lo que sus ojos veían, era capaz de hacer las tareas que dos de sus hermanos realizaban y en menos tiempo. Si su hija fuera un varón, seria admirable, pensó.

Cuando llegaban a casa, los vecinos, a veces susurraban pero la madre de Narayani les recordaba que lo hacían por que sus hijos estaban enfermos, que se pusieran en su lugar... pero lo cierto, es que los años pasaron, los hijos enfermos se recuperaron, se casaron y se fueron y Narayani continuó trabajando en el campo, en el pueblo todos decían que era una pobre chica que tenía alma de varón y nació atrapada en un cuerpo de mujer. Castigo de algún dios que se sentiría humillado por la familia.

Los padres aceptaron al final bastante bien a su hija, así como era, ya que desde que trabajaba en el campo la economía familiar había mejorado, ella trabajaba como si fuera dos hombres y como no había nadie mas en casa, tenían menos gastos.

La madre se pudo permitir, el pequeño lujo, de comprar una pequeña máquina de coser usada que le vendió, una de sus vecinas y algunas telas más bonitas que las que solían usar para vender sus bolsos.

Cuando Narayani cumplió 25 años su destino ya estaba sentenciado. Se quedaría para siempre en la casa familiar, soltera, cuidando de sus padres y ayudando a su padre por las mañanas en el campo y a su madre a coser por las tardes. Cada sábado, llevaba los bolsos al mercado de la ciudad para venderlos y desde que su madre cosía a máquina y las telas eran más bonitas, tenían más éxito entre los turistas.

Como Narayani, era una mujer bastante llamativa, alta, con el cuerpo muy fibrado esculpido por los trabajos en el campo y muy atractiva... fuera de su pueblo natal, donde la veían como un macho sin remedio, algunos hombres de los alrededores del mercado y algunos turistas, se le acercaban, pero pronto se alejaban... ya que ella les escupía en los zapatos, les lanzaba tierra a los ojos o les gritaba propinando algún codazo o pisotón.

A ella le daba igual si indio o extranjero, no soportaba a los hombres... ¡pero que se creían!

           
                                             
LUIS

Luis nació en una familia de clase media, en una calle cerca del mercado del Born en Barcelona, España. Su madre había sido una niña rica de la burguesía catalana, antes de que la empresa de sus padres quebrara. Su padre era un hombre algo rudo de Andalucía, que consideraba que un buen hombre debía ser honesto, fuerte y muy varonil, para enfrentarse a las durezas de la vida. Ambos, habían heredado una mentalidad machista y antigua e intentaban trasladársela a Luis, que estaba más interesado en contemplar las margaritas, que decoraban una de las ventanas, que en la palabrería incesante de su padre, de lo que debía ser un gran hombre.

Su madre le enseñó unos modales exquisitos, con los que Luis disfrutaba e intentaba apuntarle a toda actividad cultural que se le ocurriese y su padre a su vez, intentaba contrarrestar tanta actividad, según él "femenina", con deportes dignos de un hombre.

Así fue como la infancia de Luis, transcurrió entre clases de piano, fútbol, cerámica, hockey, pintura,... y él se sentía como una veleta en ocasiones, intentando dar gusto a sus padres.

Luis destacaba en todas las actividades en las que su madre le apuntaba, pero en las de su padre... lo habían echado del equipo de fútbol, porque cuando lo ponían de portero si la pelota llegaba un poco fuerte se cubría la cabeza y se hacía un ovillo en el suelo. Y si en mitad del partido, alguien le pasaba la pelota se apartaba instintivamente para que la pelota no lo tocase... acabó siendo el hazme reír de sus compañeros y él llegaba de los entrenamientos, llorando a casa siempre.

Su madre, le abrazaba y le daba un vasito de leche caliente, pero su padre, se lo quitaba y lo mandaba muy enfadado a su cuarto, mientras se quedaba discutiendo con su mujer de que por culpa de ella y de sus cursiladas, estaban convirtiendo al niño en una "nenaza", incapaz de ser un hombre como dios manda.

Luis, mientras cerraba la puerta de su habitación, escuchó estas últimas palabras de su padre y odió más que nunca ser un niño tan cobarde y tan débil... pero él no sabía cómo ser de otra forma, ser así, le salía de dentro. Soportaba las humillaciones en el colegio y en los entrenamientos, pero que su padre le dijera eso, le partió en dos, sentir que su padre no estaba orgulloso de él, le dolía demasiado...

En el colegio, encontró más afinidades con las niñas, así que pasaba el tiempo con dos de sus amigas: Marta y Helena, y eso lo determinó directamente como el "rarito" de la clase, que prefería quedarse pintando en la hora del recreo con sus dos amigas, que salir a jugar a la pelota o a un juego de lucha que se había puesto de moda en el patio, a raíz de una serie de dibujos nueva, que emitían en la televisión.

Pasaron los años, su padre lo dio por perdido y prácticamente no le dirigía la palabra, vivían en la misma casa, pero como dos desconocidos, Luis solo tenía trato con su madre y llegó el momento de decidir cuál de sus aficiones se convertiría en su vocación de futuro, llegó el momento de decidir, que quería estudiar.

Por suerte, los años en el instituto pasaron más livianos y menos crueles, allí seguía siendo considerado un chico un poco afeminado por sus gestos exquisitos, su forma de hablar educada y elegante, le daba repulsión la violencia y la agresividad de algunos chicos al comportarse y al hablar, el poder ser dañado físicamente le atemorizaba, pero allí conoció a un grupo de amigos maravillosos que lo aceptaron tal y como era y lo defendían si alguien se metía con él.

Pensó que como le gustaba escribir y siempre obtenía buenas calificaciones en sus trabajos, podría dedicarse a ser periodista o escritor... o quizá, podría dedicarse a pintar... no se le daba mal y le fascinaba dedicarle horas.

Estaba indeciso, pero un día paseando con sus amigos por el parque de Montjuïc, vio una flor muy hermosa y mientras sus amigos avanzaban hacia adelante, él quedó atrás con la cámara apuntando a esa flor y en el momento en el que iba a disparar, un destello le deslumbró y es que una mariposa blanca cristalina, se quedó revoloteando delante del objetivo y un rayo de sol se posó en ella, deslumbrándolo todo.

-¡Wow!- pensó Luis, había sido algo mágico, como si la mariposa le mirara fijamente, a través de la cámara y su color blanco, tan puro, hizo reflejar el sol en una luminosidad espectacular.

Cuando al llegar a casa imprimió la fotografía, se quedó fascinado, era la fotografía más hermosa que había visto en su vida, tenía entre sus manos algo realmente mágico y lo mejor es que la había hecho él y se sintió tan bien al hacerla... y si... -¿y si se dedicara a la fotografía?- pensó.

Pero él, realmente conocimientos de fotografía no tenía, así que se le ocurrió algo... presentaría la fotografía a un concurso y si ganaba o tenía buenas críticas, se lo plantearía y así fue como presentó la fotografía: "Destellos de Mariposa" y no solo fue premiada, con una beca para estudiar en la mejor escuela de fotografía de Barcelona, si no que una editorial, lo quiso contratar para hacer un libro con sus fotografías, ya que sin prácticamente tener estudios todas sus fotos resultaban impactantes y desprendían una sensibilidad fuera de lo normal.

Pasaron los años y Luis cumplió 34, era un fotógrafo bastante reconocido sobre todo, en Cataluña y Francia, había participado en varios libros y su padre arrepentido, por el trato que le dio durante todos esos años, le pidió disculpas y reconoció, que si no hubiera sido por su sensibilidad confundida por todos, como debilidad y sin la influencia de su delicada madre, quizá nunca hubiera llegado a desarrollar el don tan especial que tenía para la fotografía.

Luis como auto regalo por sus 34 años, decidió irse de viaje a la India y tomar allí las más hermosas fotografías, sus padres orgullosos y algunos de sus amigos le despidieron en el aeropuerto, deseándole un gran viaje.

Sentado en el avión, viendo pasar las nubes, Luis al fin se sintió, orgulloso de ser como era.

                                                     


Narayani comenzó a recoger su puesto de bolsos, ya era hora de volver a casa, estaba muy contenta, había vendido nada menos que 20 bolsos, cada vez iba todo mejor y se sentía tan feliz... quizá, ahora, podrían comprar telas más grandes y de mejor calidad y hacer incluso vestidos... a las turistas, les gustaba vestirse como Indias y pasear por las calles haciéndose fotos. -Sí, era una buena idea-, se colocó el gran saco de colores, que contenía los bolsos sobrantes y el gran velo, con el que tapaba las cajas que usaba como mostrador y se lo echó a la espalda.

En ese momento, se escucharon gritos y lamentos, Narayani, asustada, dirigió la mirada hacia el lugar de donde venían y vio que una bandada de monos, estaban atemorizando al resto de comerciantes, destrozando sus cosas, comiéndose las frutas del frutero, tirando lo todo por el suelo, la gente solo gritaba y se lamentaba, otros lloraban alzando las manos al cielo implorando a los dioses, que por favor parasen y es que los monos, son sagrados, hijos de Hanuman, el dios mono y es un delito contra los dioses hacer algo en contra de ellos, excepto gritarles esperando a que se vayan. En ocasiones, se había alargado tanto su saqueo, que finalmente la policía tenia que aparecer y lanzar algunos tiros al aire, para que se fueran asustados y aun así, eso les dejaba a todos un mal sabor de boca... no sabían si era buena idea asustar a los dioses.

Narayani, comenzó a caminar en sentido contrario, dirección a su casa y uno de los monos que corrían impunes por la ciudad, se detuvo, mirándola directamente a los ojos, ella se quedó quieta y algo desconcertada y en ese instante, un rayo de sol que caía sobre él, deslumbró los ojos de esta, haciéndole divisar la figura de aquel mono, como si fuera el mismísimo dios Hanuman y si quizá ella, estaba inmersa en algún tipo de delirio, juraría que este, le había sonreído y guiñado un ojo.

En ese momento, Luis chocó con ella, haciendo que se le cayera su gran saco al suelo, eso desató la ira de Narayani que se puso a gritar y levantó uno de sus brazos cerrando un puño dispuesto a aterrizar en el ojo, de un Luis, tembloroso y asustado que se tapó la cabeza y se encogió en el suelo, en ese instante, Narayani contempló lo que para ella había sido otro milagro, ante ella estaba la criatura masculina más débil, delicada y tierna que había visto nunca, en un hombre.

Narayani se detuvo, bajó los brazos, recogió sus cosas, lo miró, dio media vuelta y se fue, Luis se colocó como pudo las gafas y la vio de espaldas correr calle arriba, mientras una lagrima que le resbalaba por la mejilla acabó en sus labios, dejando así de nuevo, el sabor amargo de la vergüenza de sí mismo.

                                                                        
                                                                       -FIN- 
                                                            (de la primera parte)


A veces un destello de luz, una señal... puede cambiar tu destino.

Hasta la próxima ;)